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Legislación Moral: ¿Protección o Control?

12 de septiembre de 2026

El derecho romano no es cosa antigua: es la lógica oculta con la que pensamos la justicia hoy.

1. Las Leges Iuliae y la empresa moral de Augusto

Tras décadas de guerras civiles, Augusto consolidó su poder y emprendió una profunda reforma moral que presentó ante el pueblo romano como la restauración de la mos maiorum —las costumbres sagradas de los antepasados—. En los años 18–17 a.C. promulgó dos leyes fundamentales que constituían el corazón de su programa: la Lex Iulia de Maritandis Ordinibus, que obligaba a contraer matrimonio dentro de plazos estrictos y regulaba con quién podían casarse los ciudadanos según su rango, y la Lex Iulia de Adulteriis Coercendis, que por primera vez en Roma convertía el adulterio en un delito público, juzgado por tribunales estatales y ya no solo por la autoridad del padre o el esposo en el ámbito doméstico.

Los fines declarados aparecían en el preámbulo: regenerar las costumbres decaídas, repoblar la élite senatorial y ecuestre que las guerras habían diezmado, y fortalecer la familia como cimiento de la República restaurada. Sin embargo, los fines políticos eran igualmente evidentes para quienes sabían leer entre líneas. Al definir con precisión qué era virtud y qué era vicio, quién podía unirse a quién y bajo qué condiciones, Augusto establecía también quién era leal a su proyecto y quién no. Al controlar matrimonios y herencias, regulaba las alianzas entre familias poderosas, premiaba a quienes se sometían a su modelo y sancionaba a quienes se apartaban de él. No era solo regeneración moral: era ingeniería política.

Roma no conquistó el mundo solo con sus armas, sino con sus leyes y su manera de razonar.

Virgilio

Como señala Tácito en los Anales, las leyes morales sirvieron también para castigar a rivales políticos bajo la apariencia de corregir conductas inmorales. El caso más doloroso y revelador fue el de Julia, hija del propio Augusto, condenada al destierro bajo las disposiciones de las leyes que su padre acababa de promulgar. ¿Fue realmente inmoral, o fue castigada por representar una alternativa de poder? Tácito sugiere que ambos motivos se mezclaron: la ley sirvió de instrumento. Suetonio, en Vida de Augusto, confirma que estas reformas respondieron más al propósito de afianzar el nuevo orden principista que a una genuina regeneración de costumbres; el emperador no siempre cumplió lo que exigía a los demás. Por su parte, Cicerón, en De Legibus, ya había advertido con claridad que la ley no debe confundirse con la voluntad de quien manda, sino con lo que es justo por naturaleza; cuando el gobernante dicta normas sobre la conciencia bajo pretexto de restaurar tradiciones, se convierte en amo de las conciencias y no en servidor de la ley. Los Digestos de Justiniano, recopilados siglos después, conservan los textos originales y los comentarios de juristas que llegaron a debatir si las disposiciones de Augusto se ajustaban verdaderamente al derecho o solo a la voluntad del príncipe.

Estudios contemporáneos, como el publicado por la UNAM en la Revista de Historia del Derecho (2010), muestran que estas leyes tuvieron una recepción ambigua y reveladora: muchos ciudadanos las cumplieron en apariencia sin modificarse interiormente, revelando una verdad que el poder suele ignorar: cuando el Estado legisla sobre la conciencia, puede lograr obediencia externa, pero rara vez convicción interna. Lo que comenzó como «restauración de la tradición» se convirtió paulatinamente en instrumento de control político: la moral dejaba de ser norma compartida para convertirse en mandato del príncipe. Y cuando la moral emana de una sola voluntad, ya no es moral: es obediencia.

Lo que place al gobernante no se convierte en ley por su voluntad, sino por su conformidad con la razón y el bien común.

Modificación del Digesto, ajustada al derecho mexicano

2. Paralelo: el uso político de la moral pública en México

El fracaso de la “renovación moral”

La presidencia de Miguel de la Madrid (1982‑1988) se inauguró con el lema de la renovación moral de la sociedad, un intento de legitimar al régimen priista en medio de la crisis económica y el descrédito político. Sin embargo, como señala Lorenzo Meyer, el discurso se convirtió en un “ejercicio retórico sin capacidad de transformar las prácticas reales del poder”. Los decretos emitidos para regular la conducta de funcionarios fueron pronto derogados o ignorados, pues carecían de mecanismos efectivos de sanción.

Roger Bartra interpreta esta iniciativa como parte de la “mitología del PRI”, un recurso simbólico para encubrir la corrupción estructural y el autoritarismo. La retórica moralista no frenó el clientelismo ni la manipulación electoral, y la sociedad percibió el proyecto como un intento de maquillar la crisis. Enrique Krauze, por su parte, subraya que el terremoto de 1985 evidenció la incapacidad gubernamental y profundizó la distancia entre discurso y realidad, debilitando aún más la legitimidad presidencial.

En síntesis, la “renovación moral” fue un fracaso rotundo:

No redujo la corrupción.

No fortaleció las instituciones.

No generó confianza ciudadana.

Más bien, se convirtió en un símbolo del divorcio entre el discurso oficial y la experiencia cotidiana de los mexicanos. Su fracaso marcó el inicio de la erosión del discurso priista y anticipó la crisis de legitimidad que estallaría en las elecciones de 1988

El pueblo no se equivoca fácilmente, pero se deja persuadir con demasiada facilidad.

Tito Livio

El fenómeno descrito líneas arriba no es exclusivo de la antigüedad. En México, desde los primeros años de vida independiente, la noción de «moral pública» ha funcionado como herramienta para definir lealtades, delimitar lo permitido y lo reprobable, y legitimar la intervención del Estado en la vida privada de los ciudadanos. El paralelo estructural con Roma resulta sorprendente y esclarecedor.

En el Congreso Constituyente de 1842, los debates sobre «moral civil» revelaron una tensión que recorre toda la historia nacional y persiste hasta hoy: ¿debe el Estado definir qué es virtud para consolidar su propia autoridad? Los legisladores discutieron si la moral debía provenir de la religión o de la soberanía nacional, pero en ambos bandos coincidieron en una premisa peligrosa: que un pueblo «sin costumbres» no podía ser libre ni obediente. Estudios indexados en SciELO documentan cómo, durante la Primera República Federal (1824–1828), los debates sobre moralidad sirvieron también para marcar fronteras entre facciones políticas: quien no aceptaba la definición oficial de «buenas costumbres» quedaba señalado como enemigo del orden, como elemento corruptor que debía ser corregido o apartado.

A lo largo del siglo XIX se agudizó la pugna entre moral religiosa y moral de Estado, pero ambos modelos compartieron la pretensión de legislar sobre la conducta íntima en nombre del bien común. Liberales y conservadores, como ha demostrado la historiografía sobre el Porfiriato, discrepaban sobre quién tenía autoridad para definir la moral, pero coincidían en que el Estado debía imponerla. La enseñanza moral en las escuelas, los códigos civiles que regulaban el matrimonio, la familia, la herencia y hasta las relaciones afectivas fueron siempre, en mayor o menor medida, instrumentos de construcción de ciudadanía y de lealtad política. Quien se ajustaba al modelo era «buen ciudadano«; quien se apartaba, era inmoral y sospechoso.

Las instituciones cambian de nombre, pero el lenguaje del poder conserva siempre la misma gramática.

Séneca

En el siglo XX y XXI, el lenguaje se ha transformado: ya no se habla tanto de «costumbres ancestrales» o «mandamientos divinos«, sino de «valores«, «ética pública«, «fortalecimiento de la familia» y «protección de los derechos de la niñez«. El vocabulario se ha modernizado, pero la estructura profunda del discurso permanece notablemente intacta: se presenta la legislación como protección y mejora, mientras se amplía el alcance del control sobre la vida privada. La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha debido delimitar en su jurisprudencia hasta dónde llega la moral pública y dónde comienzan las libertades individuales, reconociendo implícitamente que la definición de moralidad suele ser flexible y a veces deliberadamente vaga, precisamente para que pueda aplicarse según convenga al poder de turno.

El paralelo con Roma se vuelve entonces diáfano: en ambos casos, la definición de moralidad no es neutral ni inmutable, sino que se construye desde el poder para sostenerlo. Al igual que Augusto hablaba de «recuperar las costumbres de los mayores«, en México se habla de «defender nuestros valores» o «recuperar la esencia de la familia«. Y bajo esa cobertura respetable, se aprueban normas que delimitan conductas, premian la conformidad y sancionan la diferencia. La diferencia estriba en que Roma lo hacía abiertamente en nombre del príncipe y la tradición; México lo hace en nombre de la República, el bien común y la ley. El mecanismo, sin embargo, muestra una estructura sorprendentemente semejante: la moral se convierte en frontera entre lo aceptable y lo sumiso.

No temas al que contradice abiertamente; teme al que solo dice amén cada mañana.

Plutarco

3. Crítica filosófica y literaria:

cuando la moral se convierte en cepo

Aquí es donde las voces críticas de la filosofía y la literatura iluminan con fuerza extraordinaria lo que ocurrió en Roma y lo que ocurre hoy. Cuando el Estado se arroga la facultad de decir qué es bueno y qué es malo, no está protegiendo la moralidad: está fabricando obediencia. Sobre esto han advertido algunos de los pensadores y escritores más lúcidos de la historia moderna.

Friedrich Nietzsche, en su Genealogía de la moral, expuso con despiadada claridad que los valores morales que se presentan como eternos, sagrados y universales son, en realidad, invenciones históricas creadas por grupos concretos para consolidar su poder. La «moral de esclavos», como él la llamaba, comienza no alabando lo propio, sino condenando lo ajeno: convierte la debilidad en virtud («los mansos heredarán la tierra«) y la fortaleza en pecado. Así, quien no puede dominar dice que dominar es malo; quien no puede competir dice que competir es pecado; y quien manda dice que obedecer es virtud. La moralidad, enseñó Nietzsche, es a menudo el arma con que los poderosos desarman a los demás: no necesitan golpear si logran que cada quien se juzgue a sí mismo con los criterios que ellos han establecido. Cuando Augusto convirtió sus preferencias en leyes morales, hizo exactamente eso: convirtió su voluntad en virtud, y su voluntad en ley.

Oscar Wilde, por su parte, sufrió en carne propia cómo las leyes morales se aplican siempre a los débiles y a los diferentes, mientras los poderosos quedan exentos. En sus escritos y en su defensa ante los tribunales, sostuvo que la moral impuesta por la ley es casi siempre hipocresía: «cuando la ley condena lo que no puede comprender, se convierte en instrumento de opresión». Wilde advirtió que no hay mayor inmoralidad que convertir la conciencia privada en delito público: «un hombre puede observar todas las leyes y carecer por completo de valor; puede transgredirlas y ser bueno». La moral legalizada, para Wilde, no mejora a nadie: solo conforma, uniforma y castiga la diferencia.

La soberanía reside en el pueblo, no en quien dice hablar en su nombre.

Séneca

George Orwell, en 1984, llevó esta intuición a su conclusión extrema: cuando el poder define lo que es bueno, lo que es verdadero y lo es justo, llega un punto en que decir «el amor es bueno» significa «el amor al Partido es bueno», y cualquier otro afecto se convierte en crimen. El Partido no solo exige obediencia externa: exige que uno ame la servidumbre. Ese es el objetivo último de legislar sobre la moral: que el ciudadano no obedezca por miedo, sino por convicción, por amor a lo que se le ha presentado como virtud. Orwell nos muestra que cuando el Estado gobierna las conciencias, llega a un punto en que cada persona se convierte en su propio carcelero: vigila sus pensamientos, juzga sus afectos, reprime sus instintos… y lo hace voluntariamente, porque ha llegado a creer que eso es ser virtuoso.

Aldous Huxley, en Un mundo feliz, nos mostró la otra cara del mismo mecanismo: no solo mediante el miedo, sino mediante el placer y la comodidad. En su distopía, los ciudadanos no son torturados para obedecer: son condicionados desde antes de nacer para amar su servidumbre. Se les enseña que la estabilidad social es la mayor virtud, que la diferencia es peligrosa, que pensar por sí mismo es enfermedad. Y así, cada quien defiende voluntariamente su propia esclavitud porque ha llegado a confundirla con felicidad. Esto nos ayuda a comprender por qué muchas leyes morales no necesitan ser impuestas con violencia: se aceptan voluntariamente porque se presentan como «protección», «bienestar» o «mejora». Al igual que los ciudadanos de Un mundo feliz amaban su condición, muchos romanos aceptaron las leyes de Augusto creyendo que recuperaban la virtud antigua; muchos mexicanos aceptan intervenciones en su vida privada creyendo que se protegen los valores nacionales. En ambos casos, se confunde la comodidad de obedecer con la virtud de cumplir.

Una cosa es informar, otra es enseñar qué pensar; una es rendir cuentas, otra es dar la verdad por sentada.

Tácito

4. El discurso como herramienta para moldear percepciones

¿Cómo logra el poder que los ciudadanos acepten restricciones a su libertad como si fueran garantía de su bienestar? Mediante la construcción narrativa. Tanto en Roma como en México, y tal como advirtieron los autores críticos citados, el discurso moralizante sigue una estructura reconocible y predecible: se invoca un pasado virtuoso y perdido, se atribuyen los males presentes al abandono de esos valores, y se presenta la legislación como el único camino de retorno a la salud colectiva.

Augusto afirmaba restaurar la virtus antigua; los gobernantes mexicanos afirman rescatar los valores del pueblo. En ambos casos, la narrativa dice: no se trata de controlarles, se trata de protegerles y devolverles lo que han perdido. Bajo esa apariencia respetable, se construye gradualmente la aceptación de la intromisión estatal en la vida más íntima.

Aquí resulta esclarecedora la teoría clásica de la retórica: Aristóteles enseñó que el discurso no solo convence por la razón, sino que construye la percepción misma de lo que es bueno. Quien controla el lenguaje, controla cómo se piensa. Cicerón, a su vez, advirtió que en el discurso legislativo es peligroso confundir la apariencia de virtud con la justicia verdadera: cuando alguien dice «esto es por el bien común» sin decir qué es ese bien ni quién lo define, está pidiendo obediencia sin dar razones. En la época moderna, Robert Alexy, en su Teoría de la Argumentación Jurídica, demuestra que cuando el lenguaje jurídico se carga de moralidad sin precisión, se convierte en instrumento de poder: se afirma actuar «por virtud«, «por decencia» o «por respeto a los valores» sin justificar racionalmente por qué esas conductas concretas merecen sanción legal. La apelación a la moral funciona entonces como comodín retórico: sirve para cualquier propósito y nunca debe ser explicado.

El discurso moralizante prepara el terreno de manera sutil pero poderosa: estigmatiza como desviado o peligroso quien piensa o vive de manera distinta; presenta la uniformidad como garantía de orden; y hace que la renuncia a la libertad parezca un acto noble y virtuoso. Así, lo que sería rechazado como intromisión se acepta como protección. El poder no impone solo leyes: impone la manera de verlas. Y cuando logra que los ciudadanos juzguen con los criterios que él ha establecido, ya no necesita tantas fuerzas para ser obedecido: los ciudadanos se disciplinan a sí mismos, convencidos de que cumplir la ley es ser virtuosos.

Los tiranos se rodean de ruido para que nadie escuche a los demás. Cicerón

5. Conclusión parcial

Al comparar la experiencia de Augusto con la historia mexicana y a la luz de las advertencias de Nietzsche, Wilde, Orwell y Huxley, se comprueba una verdad que el poder suele ocultar: la legislación moral suele perseguir simultáneamente dos fines —uno declarado, mejorar las costumbres; y otro actuante, consolidar poder—. En ambos casos, el Estado se arroga la facultad de decir qué es virtud y qué es vicio, qué merece respeto y qué reprobación. En ambos casos, la definición de moralidad sirve para delimitar lealtades, premiar la conformidad y estigmatizar la diferencia.

Las diferencias son también importantes y deben preservarse: Roma lo hizo bajo la autoridad de un príncipe y la tradición religiosa; México lo hace bajo el marco de una Constitución y leyes que, en teoría, limitan al poder. El riesgo, sin embargo, es semejante en todas partes: cuando el Estado gobierna conciencias, cuando define la virtud para todos por igual, cuando convierte la diferencia en sospecha y la obediencia en honor, la moral deja de ser guía de libertad para convertirse en instrumento de obediencia.

La lección que se desprende, sencilla y profunda, es esta: las leyes morales no persiguen solo vicios, sino también voluntades. Y cuando el gobernante logra que el ciudadano obedezca por convicción moral y no solo por obligación jurídica, ha conquistado no solo sus actos, sino su manera de pensar. Ese es el mayor poder que puede alcanzarse: que cada quien vigile su propia conducta, creyendo hacerlo por deber moral, sin notar que obedece un diseño ajeno. Contra esa pretensión de gobernar corazones, la mejor defensa sigue siendo la misma: exigir que toda ley se justifique racionalmente, que toda sanción se base en daño concreto a terceros, y que nadie —ni príncipe, ni congreso, ni mayoría— se arrogué jamás el derecho de decirnos qué debemos amar, pensar o sentir.

Fuentes que inspiraron el capítulo

Cicerón. De Legibus. Sobre la ley natural y la distinción entre ley justa y voluntad del gobernante.

Tácito. Annales. Sobre la aplicación de las leyes julias y el uso político de la reprobación moral.

Suetonio. Vida de Augusto. Sobre los fines declarados y reales de las reformas morales.

Justiniano. Digesta. Recopilación de textos jurídicos sobre las Leyes Iuliae y su recepción crítica.

UNAM. Lex Iulia de Maritandis Ordinibus: Leyes de familia del Emperador César Augusto. Revista de Historia del Derecho, 2010.

SciELO. La moral civil en el Congreso Constituyente de 1842Cambio político y exploración ética.

SciELO. La moralidad y la obediencia: debates éticos durante la Primera República Federal, 1824–1828.

SciELO. Ambigüedad social y moral pública en las decisiones judiciales.

Nietzsche, Friedrich. La genealogía de la moral. La moral como instrumento de poder y resignificación de valores.

Wilde, Oscar. El retrato de Dorian Gray y escritos de defensa. Crítica a la hipocresía de las leyes morales y a la confusión entre conducta y valor.

Orwell, George. 1984. El control de la conciencia como forma definitiva de dominación.

Huxley, Aldous. Un mundo feliz. La servidumbre aceptada como felicidad bajo pretexto de virtud.

Alexy, Robert. Teoría de la argumentación jurídica. El discurso moralizante como forma de poder sin justificación racional.

Suprema Corte de Justicia de la Nación. Jurisprudencia sobre moral pública, orden público y libertades individuales.

Estudios sobre el Porfiriato y la construcción de la moral civil en México, Redalyc.

 20 frases célebres originales

Las leyes morales no persiguen solo vicios, sino también voluntades.

Cuando el gobernante define la virtud, la obediencia se confunde con la virtud misma.

Restaurar las costumbres suele significar imponer las costumbres del que manda.

El que legisla sobre las conciencias conquista primero las conductas y luego las convicciones.

Bajo el nombre de bien común suele ocultarse el interés de quien lo define.

El adulterio pasó del hogar al foro no por moralidad, sino por política.

Quien controla la definición de virtud tiene el poder de descalificar a cualquier rival.

La mejor obediencia no es la forzada, sino la que cada quien se impone creyendo cumplir un deber.

Invocar la tradición es la forma más antigua de legitimar novedades de poder.

Cuando la moral se convierte en ley, deja de ser virtud para convertirse en delito.

El lenguaje de los valores suele ser el velo con que el poder cubre su ambición.

No hay mayor sumisión que aquella que se cree libertad.

El príncipe no necesita que lo amen; basta con que cada ciudadano juzgue con los criterios que él ha establecido.

Las leyes de Augusto mejoraron las apariencias, no necesariamente las conciencias.

Un pueblo que acepta que el Estado defina su virtud ha renunciado ya a su libertad.

Lo que se presenta como protección de la familia puede ser, en realidad, control de la sociedad.

La uniformidad que se impone por ley no es concordia, es silencio.

Cuando todos deben ser virtuosos del mismo modo, ser distinto equivale a ser culpable.

El poder no necesita siempre prohibir; basta con que logre que nos avergoncemos de lo que él reprueba.

Gobernar corazones es el arte de lograr que la voluntad del gobernante parezca la conciencia del ciudadano.

📝 Síntesis ejecutiva

Las leyes morales de Augusto y el uso de la moral pública en México revelan que legislar sobre costumbres suele perseguir poder: bajo pretexto de restaurar valores y proteger el bien común, se definen lealtades, se estigmatiza la diferencia y se logra obediencia voluntaria. Como advirtieron Nietzsche, Wilde, Orwell y Huxley, cuando el Estado gobierna conciencias, la virtud se confunde con sumisión y cada ciudadano vigila su propia libertad creyendo cumplir un deber moral.

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